En las noches claras, los pescadores del Malecón habanero juran que se ve el resplandor de Cayo Hueso en el horizonte. Noventa millas — menos que el viaje de Miami a los Cayos. Y sin embargo, no hay dos vecinos en el mundo que lleven más tiempo sin hablarse. Entender cómo pasó eso obliga a volver al principio, y a examinar lo que hicieron mal ambos gobiernos.
Los orígenes: una independencia compartida
La historia comienza en 1898. Cuba llevaba décadas luchando por independizarse de España, con héroes como José Martí, quien soñaba con una Cuba libre y soberana. Ese año, Estados Unidos entró en la guerra contra España, y en pocos meses el imperio español fue derrotado. Cuba obtuvo su independencia, pero con una condición: la Enmienda Platt, que le daba a Estados Unidos el derecho de intervenir en los asuntos cubanos y de establecer la base naval de Guantánamo, que todavía existe hoy.[1][2]
Durante la primera mitad del siglo XX, Cuba y Estados Unidos fueron socios cercanos. Empresas estadounidenses controlaban gran parte del azúcar, la minería y el turismo cubano. La Habana era el destino favorito de los turistas norteamericanos. Pero detrás de esa postal de casinos y playas, había profundas desigualdades sociales y un gobierno, el de Fulgencio Batista, que se sostenía mediante la corrupción y la represión.
La Revolución: el punto de quiebre
Todo cambió el primero de enero de 1959. Fidel Castro y sus guerrilleros entraron triunfantes en La Habana tras derrocar a Batista. Al principio, muchos en Estados Unidos vieron la revolución con simpatía. Pero pronto llegaron las nacionalizaciones: el nuevo gobierno cubano expropió tierras, bancos y empresas, muchas de ellas estadounidenses, sin compensación aceptada por Washington.
La respuesta no tardó. En 1960, Estados Unidos impuso un embargo comercial parcial; en 1961 rompió relaciones diplomáticas, y en 1962 el embargo se volvió casi total.[3] Cuba, aislada de su principal socio comercial, se acercó a la Unión Soviética, el gran rival de Estados Unidos en la Guerra Fría. Así, una isla del Caribe se convirtió en el centro del conflicto entre las dos superpotencias del planeta.
1961 y 1962: los años más peligrosos
En abril de 1961 ocurrió la invasión de Bahía de Cochinos, o Playa Girón, como se conoce en Cuba. Unos 1,400 exiliados cubanos, entrenados y financiados por la CIA, desembarcaron en la isla con la intención de derrocar a Castro. La operación fracasó en menos de 72 horas, y el resultado fue el contrario al buscado: Castro salió fortalecido y declaró oficialmente el carácter socialista de su revolución.[4]
Un año después, el mundo entero contuvo la respiración. En octubre de 1962, aviones espía estadounidenses descubrieron que la Unión Soviética estaba instalando misiles nucleares en Cuba, a minutos de vuelo de territorio norteamericano. Durante trece días, el presidente Kennedy y el líder soviético Jruschov estuvieron al borde de una guerra nuclear. Al final, la diplomacia venció: los soviéticos retiraron los misiles a cambio del compromiso estadounidense de no invadir Cuba y del retiro de misiles norteamericanos en Turquía.[5] La Crisis de los Misiles dejó una lección que sigue vigente: cuando las potencias no dialogan, el mundo entero está en riesgo.
Décadas de aislamiento y éxodo
Después de 1962, la relación se congeló. El embargo —que los cubanos llaman "el bloqueo"— se mantuvo década tras década. Sus defensores argumentan que es una herramienta de presión contra un gobierno que no permite elecciones libres, mantiene un solo partido político y restringe la libertad de expresión y de prensa. Sus críticos responden que el embargo ha castigado más al pueblo que al gobierno, contribuyendo a la escasez de alimentos y medicinas, y que después de sesenta años no ha logrado su objetivo. Cada año, la Asamblea General de la ONU vota casi por unanimidad a favor de ponerle fin.[6]
Esta historia también es una historia humana. Cientos de miles de cubanos han emigrado a Estados Unidos: los Vuelos de la Libertad en los años sesenta, el éxodo del Mariel en 1980, la crisis de los balseros en 1994, y las olas migratorias más recientes.[7] Hoy, más de dos millones de personas de origen cubano viven en Estados Unidos, especialmente en Florida.[8] Pregúntale a cualquier familia cubana — en cualquiera de las dos orillas — por 1980 o por 1994, y no te darán una lección de política. Te darán un nombre, una balsa, una silla vacía en la mesa. Esa es la consecuencia que ninguna estadística registra.
El deshielo y el retroceso
En diciembre de 2014, ocurrió algo que parecía imposible. Los presidentes Barack Obama y Raúl Castro anunciaron el restablecimiento de relaciones diplomáticas. En 2015 se reabrieron las embajadas en La Habana y Washington, y en 2016 Obama visitó Cuba: el primer presidente estadounidense en pisar la isla en 88 años.[9] Volvieron los vuelos comerciales, los cruceros y la esperanza.
Pero el deshielo duró poco. Las administraciones siguientes endurecieron nuevamente las sanciones, y Cuba fue devuelta a la lista de países patrocinadores del terrorismo, designación que dificulta enormemente su acceso al sistema financiero internacional. Mientras tanto, la isla atraviesa una de sus peores crisis económicas: apagones, inflación y una emigración masiva de jóvenes. Y el debate continúa: ¿cuánto de esa crisis se debe al embargo, y cuánto a las decisiones del propio gobierno cubano? Los expertos honestos reconocen que ambos factores pesan.
Lo que enseña esta historia
Primera lección: las heridas históricas no se curan solas. Más de sesenta años después de la revolución, Cuba y Estados Unidos siguen atrapados en desconfianzas que nacieron antes de que nacieran nuestros abuelos.
Segunda: en los conflictos entre gobiernos, quienes más sufren son las personas comunes. Las familias separadas, los que hacen filas para conseguir comida, los que arriesgan la vida en el mar buscando otro futuro.
Y tercera: el diálogo es posible. Lo demostró la Crisis de los Misiles en 1962 y lo demostró el deshielo de 2014. Cuando hay voluntad política, hasta los enemigos más antiguos pueden sentarse a conversar.
La pregunta que deja esta historia no es quién tuvo la razón, sino otra más difícil: ¿cuánto tiempo más puede durar una disputa donde ya nadie gana?